el viento frío de wirikuta

by Sep 24, 2019the life of ki

estuve en el desierto,
muy presente.

observé por horas las estrellas y cielos que sabía no volvería a ver,
para grabarlos en mi mente y poderlos recordar.

sentí intensamente en la piel y el rostro el viento frío de wirikuta,
y toqué con mis manos su tierra.

y ¿qué aprendí?

más o menos nada nuevo:
que aún nos falta mucho por aprender.

en el cielo más estrellado que he visto, el regalo más memorable de todos. se mostró de repente, pintando el cielo de rojo, luciendo su cola encendida para que los atentos la pudiéramos ver.

¿fue un meteorito?, ¿fue una estrella? nunca sabremos qué iluminó el cielo la noche del 20 de septiembre, en el desierto de wirikuta. pero todos recordaremos el esplendor de aquel cuerpo celeste que nos embelesó a todos con su explosiva presencia.

nunca he sido partidaria de activamente quitarle a la tierra aquello que no es necesario para mi supervivencia. pero cuando acepté visitar el desierto lo hice porque me parecía una experiencia única: se celebraría con un rezo de agradecimiento el 25º aniversario de un grupo que ha “caminado” unido durante cinco ciclos.

lo que puedo decir sobre mi experiencia es que percibo una diferencia importante entre el hombre “occidental” y el indígena. nosotros, como “occidentales”, tenemos una tendencia a depredar, a codiciar y a apropiarnos de lo que se nos cruza en el camino. somos egoístas y nos creemos con el derecho de poseer.

mientras que los wixárikas llegan al desierto caminando, nosotros llegamos cómodamente en camionetas. además, traemos con nosotros plásticos de todos tamaños con nuestras bebidas favoritas: refresco, cerveza, agua, café y té; bolsas con abundante comida para todos los gustos: sabritas, cacahuates, galletas, atún, chocolate, tacos, aguacates y tortillas; y en nuestras mochilas están esperando ansiosos los cuchillos y navajas con los que tajaremos hasta el más minúsculo hikuri que se nos cruce en el camino.

¿estoy exagerando? sí.

y a la vez, no. es una realidad, nuestra codicia. se ve en todos lados. se ve en los mares y los bosques. en los desiertos y tundras. no sabemos amar y respetar a la tierra. y tampoco sabemos amarnos y respetarnos a nosotros mismos.

pero estamos aprendiendo, me digo. porque también eso es real, lo estamos viviendo todos los días: una mega crisis ambiental acompañada de un poderoso despertar de consciencia.

entonces, ¿qué es lo que quiero decir?, ¿lo disfruté o no?, ¿lo veo bien o no?, ¿lo recomendaría o no? ambas. sinceramente, ambas.

pero el mensaje más importante que quiero presentar ahora es el mismo que he compartido desde que comencé a escribir en esta página: dentro de nosotros ya está todo, todas las respuestas y toda la sabiduría.

aproximarse a las plantas sagradas “para encontrar respuestas” no es necesario ni indispensable. es una experiencia bonita, sí. especial, también. pero no es indispensable y pensar que lo es, es un engaño que nos hacemos a nosotros mismos. es la renuncia a nuestro verdadero poder.

para muchos, las ceremonias con plantas sagradas suelen ser más que nada una experiencia recreativa disfrazada de espiritualidad. y a ellos yo propongo: seamos más sinceros con nosotros mismos, responsabilicémonos de nuestra propia iluminación espiritual y dejemos de saquear la tierra.

 

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